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De como quede con mi hermano y como se desarrollo el día del padre

March 26, 2012

 

Cuando quedé con mi hermano para comer, no esperaba mucho. Íbamos a pasar San José con mi viejo, dado que hasta donde sé, él es mi padre. Vive- mi viejo, tarado sin igual-  en un pueblo castellano de renombre antiguo que goza de  momentos adecuados, gracias al turismo estival.

Abilio, el arriba mentado ¡menudo pájaro! Es un crápula de los de antes, aquellos  maestros del sablazo, hábiles con las palabras y de encanto maléfico. Su camino  está tiznado de sombras. Sin embargo, por mucho que rabie le tengo mucho afecto.  Con todo ello, no esperaba demasiado de la jornada, más que unas cuantas fotos decentes y algo más que rutina.

El día resulto inesperadamente  anecdótico. Para comenzar unas tardias nieves  de invierno , cambiaron la faz del paisaje, para hacerme saber que todo puede ser distinto en su esencia eterna.

Paramos el coche al borde de la carretera para tomar fotos. Es una carretera de montaña, ancha pero sin arcén lo que no deja lugar para muchos aparcamientos. Descubrí sorprendido que las vacas  no tienen cornamenta, que son curiosas y sólo se inmutan si así lo desean.  Satisfecha la necesidad pictórica nos acercábamos a la villa de Medina de Pomar. Avisamos por teléfono de nuestra llegada quedando en un lugar conocido. El sol intentaba calentar una atmosfera  fría y húmeda sin demasiados éxitos.

Allí, le vemos con ropa deportiva, chándal y playeras, sonriendo como siempre, nunca cambiará. Está amable, pero escurridizo como siempre. Tomamos unos vinos aquí y allá, para ir haciendo boca.  En la comida, nada parecía fuera de sitio: un restaurante construido en la planta baja de una pensión, que creció en  prestigio pero no en tamaño. La dulce Eva nos atendió como siempre, no recuerdo como suele ser pero presumo que  ése era el modo.

Mi padre y su amigo, usuales del local, juguetean con las palabras intentando enredar a la siempre atenta pero prudente camarera. Las mesas, como en un bistró parisino, obligadas a convivir como chinos en el metro.  A nuestro lado una mujer con su hija comen felizmente. Allá un grupo de personajes celebran que viven un día más. Un murmullo constante dice mucho del lugar, pero nada de los transitantes.

Entre una cosa y otra, ya estamos en el segundo plato.  Un individuo bajito con sombrero ligero, de esos que uno  viste para ir de cacería, pluma incluida. Bigote militar y elegancia en el vestir, Pasa por nuestro lado, mi padre lo saluda, comentando:” este hombre es un gran herborista”. Yo, aburrido por todo y por nada, pregunto:” ¿qué es ser un gran herborista?”, mi padre calla. Cuando pasa de nuevo el susodicho, le toma del brazo sin levantarse y con una familiaridad eterna dice:“ mi hijo, aquí presente, pregunta que es ser un gran herborista”. El señor, de nombre irrecordable, sonríe, calla también, volviéndose  a su mesa.

La familiar pareja, que ahora sabemos celebran el día del padre, ausente por gracia de Dios, sonríen joviales. La hija, mujer de  edad  cierta aunque todavía no de cierta edad, mira hacia nuestro lugar. Su madre se levanta con ganas de hablar, y habla.  Se  dirige a nosotros, como no podría ser de otra forma. Goza diciendo lo feliz de su existencia, de la alegría de tener una buena moza como hija, de la comida que está tomando y feliz de la ausencia de su difunto esposo, que la paseaba poco y toreaba mucho. Parece un tanto alterada por el vino que apura de una jarra de barro. Su estado es jovial, nos contagia de una especie de empatía, obligándonos a atender sus palabras sus palabras. Brinda una y otra vez. Se detiene, no brindará conmigo si no tomo vino en lugar de  agua. Cambio de copa, entonces sí, chocamos las copas. Miro en rededor, me detengo en su hija, mujer de pelo lacio, mirada oscura y sonrisa cautivadora. Deseo que su madre se alargue en el discurso para perderme en ese candor distante de la hija.

Desaparecida la madre, aparece el botánico. Traía una foto, mostrándola con orgullo. Únicamente puedo ver el reverso desdibujado por la imagen de la hembra  en mi mente.  1959, escrito en letra antigua, de estilo aprendido con sangre a manos del todopoderoso cura de antaño. Cuando llega mi turno contemplo dos militares en actitud reposada. Caballeros de armas, idealistas revolucionarios que lucharon en sierra maestra contra el dictador. Uno de ellos es Castro, de nombre Fidel, famoso por su gobierno firme pero fraternal. El otro parece el hijo del herborista, sin embargo, es él. Entendió  “militarista” en lugar de “herborista”, de ahí el porqué de la foto.

A continuación y para terminar el postre la señora más animada, si cabe, se levanta y empieza a recitar algo que aprendió en la escuela y recuerda vívidamente. Las bondades de hacerse mayor, de los deberes de los hijos para con los padres y el despiadado pasar del tiempo. La hija, primero desanima a la madre, para soplarle frases cuando ésta cae en  olvidos, haciendo las veces de apuntador. Se nota que la ama por sobre muchas cosas. Yo, como tonto, busco su encantadora sonrisa, sintiéndola lejana y cercana al mismo tiempo, dejando que mi deseo juegue con ideas, vaya ideas…

Y todo acaba, como empezó. Ellas se despiden, llevándose su sonrisa que no olvido. El día no puede ser mejor, pero parece terminar  de forma terrible con el progenitor camino del hospital en una ambulancia para  que al filo de la medianoche  saliese por su propio píe de la casa de salud… Sabemos que continuará con su existencia como hasta ahora: sin lecciones aprendidas ni reflexiones necesarias.

Pd: Una historia que me llena el corazón. Me dice que hay muchas verdades esenciales donde solo parece haber bucólica vulgaridad. Que las sonrisas  tienen un poder mayor que cualquier mezquina banalidad… Y que lo que es bueno puede ser mucho mejor.

 

 

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One Comment
  1. edu permalink

    ¡Que bueno! Dale con otro más
    Continúa, no cedas a la holgazanería

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