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Los nuevos inquilinos

February 27, 2010
 
 

En las comunidades de vecinos puede ocurrir cualquier cosa. Se debe tener en cuenta que son pequeños cosmos, formados por elementos que interactúan de forma caótica. Sin duda, esos  mundos equilibrados a su manera, tienen sus propias leyes y las alteraciones son corregidas `aunque no como uno se podría esperar.

 

 Vivíamos en una relativa armonía. Teníamos  a el loco de la radio, el matrimonio sin hijos, el alegre borrachín y a la del segundo que decían era bruja y, de las poderosas.

 

Cuando se murió el propietario del primero derecha parece se rompió algo en nuestra vecindad. El piso, se vendió rápidamente. Lo compró un rentista. Hombre sabio donde los halla, al final de sus días dejo un bonito legado inmobiliario a sus hijos.

 

Los primeros meses estuvo vacio. Hasta que logró  alquilarse a unos estudiantes. Los días de labor estaban siempre fuera. Los fines de semana marchaban a sus hogares. Por lo que no notamos cambio alguno en la  vecindad.

 

Sin embargo, un septiembre lluvioso, llegaron los nuevos  inquilinos. Venían de lugares lejanos, hijos de la diáspora. Lo que nos sorprendió fue cuántos podían vivir en esos  escasos metros. Mi mujer, mis chavales y  yo no andábamos muy anchos que digamos. Según la televisión, teníamos ante nosotros lo que se denominaban: “piso patera”.

 

Por las noches, todo era bulla y anarquía. Lo mismo cantaban que se sacudían. Cansado de avisarles, no tuve más remedio que llamar a Paco, amigo de la infancia, que era de los municipales. Fue como un milagro, aunque no hay música que amanse a las fieras de forma permanente. Seguían con sus maneras socarronas, sin llegar a armar los revuelos de antes.

 

La vecina del segundo, entrañable viejecita, continuaba quejándose. Al ser una persona mayor, nadie la tenía en cuenta. Una pobre viuda. Su marido, guardia civil de  la vieja escuela, estuvo muchos años en el cuerpo, pero no se había ganado la simpatía de nadie. Debido a esto, la policía local ignoraba sus quejas.  Como yo era el administrador del portal  trataba de ayudarla, muy a mi pesar,  ella rechazaba mis gestos argumentando que si no pudo con ella la guerra, éstos tampoco lo harían. De tanto en tanto me subía a su piso para tomar un café. Su casa era un mundo aparte. Olía a hierbas requemadas, las paredes estaban llenas de baldas pobladas con frascos de nombres extraños y bichos disecados  de tenebrosa apariencia.  Me confesó que se encontraba agotada tanto física como  mentalmente. Sola  en el mundo, la casa se le venía encima cada vez que los vecinos se manifestaban. Decía la intoxicaban con las barbacoas que hacían en el balcón o la tiraban globos de agua cuando salía a hacer la compra. Vivía un infierno.  Pensaba comprarse un perro de esos , con los morros torcidos,  para hacerse respetaro. La intentaba consolar, recordándole que la prudencia en su situación era la mejor de las soluciones. Sin embargo percibí un cambio notable, en esos días sus ojos poseían una determinacion característica de gente dispuesta a acometer actos inusuales.

 

No obstante, como ya dije la vida continúa.  La solía ver paseando con sus amigas o tomando el sol las tardes de verano, en un banco de la urbanización, alejada de sus torturadores.    Tenía un huerto en un terreno apartado que el jardinero le cedió debido a mi intervención. Ella, con las energías incansables de los hijos del campo-procedía de la España rural-, plantó  de todo. Había una especie de flores de belleza sobrecogedora.  Las regaba con un líquido especial. No pude saber su nombre, pero de sus hojas obtenía un aceite esencial muy bueno para sus debilitadas rodillas.  

 

Todo transcurre sin alteraciones, en su rutina diaria, hasta que todo cambia sin cambiar aparentemente nada. Se armó un revuelo enorme, en el primero, el piso patera, había desaparecido uno de sus muchos inquilinos. Sólo cuando alguien llamo a  la policía se supo todo. No se atrevieron a denunciar la desaparición por el tema de sus papeles, muchos de ellos eran ilegales. Los agentes, hicieron un  par de preguntas, lanzaron un par de guantazos y el caso se cerró como muchos otros que no interesa investigar. El pobre incauto no apareció jamás.

 

Unos días después, mi vecina apareció con un perro de mirada aviesa extrañamente no ladraba nunca. Se la veía más segura. Estuvo con ella alrededor de un mes hasta que lo mando a la perrera municipal  para su posterior eliminación. Un pariente lejano trabajaba con los aquellos animales, se encargaba de los “tránsitos”.

 

La mujer seguía con su huerto, de tanto en tanto, podaba las plantas para reabastecer su despensa. Con el paso del tiempo aparecieron más perros: uno de aguas, otro de compañía, uno que parecía un caballo, un elegante collie, sin faltar el denostado “milpulgas”  Sea cual fuese la raza, la vieja parecía no acostumbrarse a ningún perro, condenados todos a su fatal destino, la perrera.

 

Casualmente, con el paso del tiempo el primero derecha se fue vaciando. Hasta quedarse silencioso como un campo santo. En la comunidad de inmigrantes corrían extraños rumores sobre las artes de la vieja. Fuera lo que fuera ese piso ya no se alquilo a nadie…

 

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One Comment
  1. Ana María permalink

    y después dicen que las ancianitas no son peligrosas

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