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Un encuentro un tanto irreal

February 24, 2010
 
 
 

 

Volvía a casa. Viajaba en el tren de cercanías, el coche lo tenía en el taller por una avería inesperada. Vivo a cincuenta kilómetros de la gran ciudad donde me desplazo a trabajar a diario. El tren siempre lleno en los alrededores, pierde pasajeros según se va alejando de la urbe.

En un apeadero donde casi nunca para, tuvo que detenerse por una sobrecarga en la catenaria. Estuvimos 15 minutos hasta que el conductor nos indico que la  salida sería inminente. Unos instantes antes de la salida, se abrió la puerta del vagón y entro  una mujer de mediana edad, muy bien vestida. Sus ojos estaban cubiertos por unas enormes gafas de sol que le ocultaban parte de rostro.

La marcha se produjo bruscamente, la señora  que no había tomado asiento aún cayó sobre mí. Como soy vivo de reflejos pude sujetarla sin que sufriera daño alguno. Sentí su perfume arrebatador.Para  mi sorpresa era liviana como una brisa otoñal. Se disculpo con una sonrisa ya que el susto le había quitado el aliento.  Le ofrecí  mi asiento, sentándome en el que estaba enfrente.

Empezamos a hablar de todo y de nada… Ella llevaba mucho tiempo fuera. Así que todo le recordaba a su ya lejana infancia. Pasamos por el colegio donde estudio, casualmente era también el mío. Sin querer ser  indiscreto,  nombré a varias personas que podríamos haber conocido ambos,  mis experiencias respecto al tema de la edad, con las damas, me habían enseñado que era mejor ser sutil y cuidadoso.

¡Cómo llega a ser la vida, como cambia la gente! Fuimos compañeros de clase, recordábamos nombres, apellidos de este y de aquella, dónde se sentaba Jacinto el "tonto" o Soraya, la “tirapedos”.  A aquel profesor que era soltaba ostias a destajo y a la  profesora que decían gustaba de la belleza infantil más de lo recomendable.

Cuando terminamos la primaria, con aquel memorable viaje de estudios, perdimos el contacto como  muchas otras personas que por un tiempo disfrutan del mismo espacio común.

Fue una agradable jornada de vuelta a casa, lamentablemente el tiempo no se detiene, intercambiamos números de teléfono con la esperanza de llamarnos para tomar una copa. Descendí del tren, despidiéndome con un giño copiado al simpático seductor de Hollywood. De vuelta a casa, mi imaginación empezó a trabajar, alegrándome el camino. El mugido de una vaca  me saco de mis ensoñaciones como un jarro de agua fría.

Mucho tiempo después, había quedado con mi amigo Julito, compañero desde la guardería hasta casi la universidad.

Tras una suculenta comida, tomamos café recordando los viejos tiempos, lo felices e infelices que fueron. En ese momento me vino a la memoria el encuentro en el tren.

-Sabes con quién estuve hace tres meses en el  tren.

-No, ¿con quién?

-Con María Luisa,no la veía desde el viaje de estudios,  te acuerdas: Pelirroja, trenzas, muy desarrollada para su edad.

¿María Luisa Sanabria? ¿Con pecas y aparato en los dientes?

 – La misma.

-Sabes, me parece extraño que me comentes eso. Ayer estuve con sus padres,en la misa que celebran cada año en recuerdo de su muerte. Al bajarse en un apeadero, de vuelta de aquel viaje, un tren sin frenos la arroyo…

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