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sin titulo

September 3, 2007

 

Una leve espuma blanca cubría la montaña. El tiempo amenazaba con lluvia. Ligera y suave caería durante un momento creando lugar para  recrearse en  tristezas desconocidas.

 

Siempre ocurría de igual manera: Con un gemido  recién nacido, procedente de cualquier lugar de su mente, abría sus ojos. Eran las primeras luces del alba. Se levantaba sin hambre, apenas si tomaba un vaso de leche caliente. Poco a poco, desarrollaba un sentir interno que la agarrotaba, inmunizándola de la belleza de sus queridas alturas.

 

Al romper el mediodía la lluvia aparecía; tenía el don de hacer llorar al cielo con sus lágrimas.

Se sentaría sobre la roca blanca,  donde divisaba el valle en su inmensa profundidad, dejandose tocar por las celestes gotas, hasta turbarse completamente, pudiendo de esa manera actuar ante la magnitud de su sentir. Tomaría el camino de  la laguna, donde hablaría con el viejo.

 

En la morada del anciano, a la luz de varias antorchas y la  siempre presente fogata, tomarían sopas y borrajas, charlando de los tiempos que no vivieron, de los seres que no se fueron…

 

Ya casi al acabar la tarde, cuando liberada del pesar, nacido de los males de otros, empezaba el juego: seduciría al anciano, con sus carnes prietas y sus destellos de voluptuosa juventud.

 

Sabia que no era justo para el, ella sacaba la mejor parte, limpiando su alma de sus pesadumbres a cambio de unos momentos que, sonriendo reconocía, eran tiernos y satisfactorios; el viejo sabia hacer.

 

El despreocupado eremita recordaba tiempos alegres cuando sus fortalezas masculinas hacían temblar  a las mas lozanas jovenes del valle… Gozoso de poseer suficientes energías, se aplicaba en dar a la joven, para liberarla de sus males, sabiendo que no solo el egoísmo guiaba su gobierno 

 

 

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2 Comments
  1. Ana María permalink

    Qué tiene la mar con las crisálidas. Cada vez que se preguntaba ese tipo de cosas creía no estar en su sano juicio, tal vez porque el juicio no tenia nada de sano, o porque lo único sano era vivir sin él. La cuestión, verdadera o no es que aquel anciano la turbó mas de lo que le era costumbre. Sentada en cucliquillas a sus pies le expuso su dilema a lo que oyó decir una sola palabra: «noumeno» y ante su gesto de extrañeza, el volvió a repetirla una y otra vez hasta desnudarla de todo artificio, hasta llegar a su esencia.
     
    ¿Ella salía ganando?
    Nu, nu, nu 

  2. Mara permalink

     ¿POr qué ella sacaba la mejor tajada? ¿ella no sabía hacer?
    Hermoso relato, voy de nuevo por èl…
     
    Abrazos

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